Cultura en Transición. Vuelen mis deseos. Silvia Santos Castillo

Cultura en Transición

La ficción es una de las más virtuosas habilidades del ser humano, tanto como la ciencia, la reflexión o la política; no obstante, suele ser profundamente personal porque sus frutos se alimentan de una savia elaborada en las lejanas raíces de la conciencia y paradójicamente, se expresa al madurar con la luz de la palabra.

Vuelen mis deseos

Silvia Santos Castillo *

I

Shante llegó sonriente a mi casa. Hacía ya casi un año que me visitaba por las tardes, pero en un principio fue difícil conseguir un permiso para salir del lugar donde vivía. Shante era de Belice. En un globo terráqueo de mi abuelo localicé su país, tan cerca de la casa de abuelita Apa y tan lejos de mi casa. Ese día le pregunté por sus familiares y me dijo: "No los recuerdo, ojalá fuesen como los tuyos". Mi abuela la tomó en brazos y le respondió: "Ay, no te sientas tan triste, tú eres como otra nieta para mí". Luego, como otras veces, nos hizo merengues y mi madre los horneaba mientras tomamos chocolate de mesa en la cocina antes de hacer la tarea.

Nos era permitido limpiar con los dedos las orillas de la olla, y competíamos Carlitos, Pancho, Shante y yo por ver quién lo hacía más pronto. Una vez que dejábamos la superficie reluciente, salíamos de la cocina como cohetes para no tener que lavarla. Detrás de nosotros resonaba la carcajada y las exclamaciones que mi abuela profería como el más tierno regaño juego. Cada tarde compartíamos la religiosidad de los olores y sabores de la cocina de la figura matriarcal.

Pasaron otras tardes, entre las telas de mi abuela y las hamacas hechas para vender, y ese ir y venir de las mujeres que no descansaban más que al llegar la noche.

Shante era como parte de la familia. Hacíamos juntas la tarea y después reíamos con los cuentos de Mamá, esos de sin ton ni son hablando de una oruga que al caminar sobre las hojas secas hacía "wirish, wirash, wiri-wiri-paz", un grillo llegaba salta y salta con su "Kimba-kitimba-timba-ki, kimba-kitimba-timba-ki". y Mamá, con ese salero de los negros santos, movía sus caderas y el cuerpo al son de un tambor imaginario. Así transcurrió el otoño...

Al llegar diciembre, la escuela ofreció una función de cine: una película en blanco y negro. Fuimos Shante y yo, y todos los niños tuvimos que sacar los pupitres para sentarnos en el patio de la escuela. Los adultos llevaron sillas de sus casas y entre ruido y risa comenzó la película. En la pantalla apareció una niña pobre que, al caminar por la calle, ve en los aparadores varios juguetes y regalos de Navidad y se ilusiona con una muñeca de trenzas. Esa muñeca se parecía a Shante, sobre todo por esas trenzas tan gruesas, tan brillantes, tan admiradas y deseadas por mí, en lugar de mi corto cabello.

La niña de la película tiene un sueño en el cual se ve rodeada por muñecas negras que le aconsejan que se robe a la muñeca del aparador y ella les contesta: "No, yo no quiero ser mala, quiero ser buena", y el dueño de la tienda la acusa de ser una ladrona.

En esa parte me asusté y se escuchó un solo "¡uy!" de susto de los que estábamos ahí; pero por fortuna eso era parte del sueño. Al final de todas las aventuras la niña conoce a Santa Claús, quien le busca un hogar y le regala una muñeca negra.

Al terminar la función acomodé el pupitre y salí atropellando gente; después, saltando con un solo pie durante dos cuadras, casi tiro a José que jugaba en su patín del diablo, tropecé con el sillón de doña Ofe y sin detenerme saludé a don Julio, quien tomaba el fresco desde su ventana. Los perros de Nini me persiguieron, pero me colgué de la ventana de doña Zoila que tocaba el piano, y cuando se fueron salté de la ventana; di cinco pasos rápidos a la puerta de la casa. Abrió mi abuela y traté de hablar, pero después de todos los peligros que había sorteado sólo pude decir: "La muñeca..."

Yo no sé, pero pareciera que a mis deseos les salieran alas. Yo los pido y ellos se van volando por ahí, por algún lugar a donde quizá nunca viajaré, pero siempre vuelven. Quizá tiene que ver con la luna llena. Para verla, Carlitos, Pancho y yo salimos a la terraza, a contarle cómo nos habíamos portado; luego ella nos tiraba monedas y dulces... ¡de verdad! Esa vez le dije: "Deseo una muñeca negra y unos lápices de color, pero de muchos colores", y Mamá me dijo de una canción de Cri-cri, en donde le pregunta a una ranita dónde encontrar al gnomo. Croa, croa, pues la luna te lo dirá. Por eso los deseos tienen que ver con la luna, es más efectiva que las palomas mensajeras. Sabía que ese juguete iba a llegar a mí, quizá con sólo desearlo. Cada deseo hallaba el modo de irse hasta los oídos de mi abuelo y se realizaba.

II

Al llegar de la escuela entré en mi cuarto y encima de la cama cubierta por un gobelino había una bolsa de papel atada con una cinta roja. La deshice y apareció ante mis ojos la muñeca negra más bonita que hubiera visto: tenía chapitas en la mejilla, los ojitos color miel, la sonrisa roja, los brazos abiertos con guantes y un vestido rojo.

Corrí a enseñársela a mis papás, mi tía gruñó espantada y dijo que esas muñecas de trapo eran para hacer brujería; mi hermano y mi primo voltearon a verla y siguieron jugando. Después de presentarla tenía que ponerle nombre. La senté en mis piernas, jugando con sus trenzas, mientras le preguntaba "¿cuál es tu nombre?" Con su voz menudita me dijo: "Salomé". Ese día mis demás muñecas se fueron de vacaciones y me quedé sólo con Salomé. Tuve mucho tiempo para jugar con ella. También nosotros tuvimos vacaciones.

Me prohibieron salir a la calle. Entre juegos oí una palabra nueva: huelga, y le pregunté a mi tía que era eso. Me dijo: "Es cuando la gente no tiene trabajo y sólo se aprovecha del desorden para robar tiendas". Me asusté. "Los que roban son gente mala -pensé- y soltaron a todos los malos", porque por las noches corrían muchas personas por la calle, sonaban sirenas de patrulla y veía las luces desde la ventana cerrada. "Es un cometa", pero no; era la patrulla, decían. "Duérmete ya, que luego no te levantas". ¿Y para qué, si estoy de vacaciones?

Una noche, alguien de afuera gritó: "¡Abran la puerta, por el amor de Dios!". Rasgaban la puerta y pusimos un ropero y una tranca de metal. No podíamos dormir, pero me acostaba junto a la puerta con Salomé. Mi abuela dijo: "Vamos a rezar", y yo rezaba y persignaba a Salomé. Mi abuela echó agua al día siguiente, pero no me dejó asomarme ni acercarme a la puerta. Luego alguien pasó vendiendo zapatos y me compraron unos rojos, iguales a los de Salomé. Mi mamá dijo que eran los de la huelga, ni hablar: tenía zapatos de los hombres aquellos. Recuerdo que mi papá le pagó y el de los zapatos salió corriendo. Venía más gente y una patrulla, y muchachos con libros y ropa de estudiantes, y otra vez los gritos aquellos que yo quería saber de quiénes eran... ¿Para qué, si no los conocía?

III

Pasaron varios días así: no podía ver a Shante y ella no conocía a Salomé. Los gritos terminaron cuando casi me acostumbraba a ellos. Todo volvió a ser como antes y la calle estaba igual, tuve que ir a la escuela. El primer día me levanté a desayunar y después de rezar la letanía de oraciones supervisada por la mirada de mi tía, deslicé en la mochila a Salomé, un pedazo de pan con queso holandés y algo de fruta para compartir con Shante a la hora del recreo.

Ya en la escuela me distraje toda la mañana esperando la campana. Tenía ante mis ojos letras que bailaban en la pizarra del salón, movía los pies, me rascaba la cabeza, sentía pasar el tiempo como algo pegajoso, alargado, hasta que ¡por fin!, la señorita directora hizo sonar la campana. Salí uniendo mi "¡eeeeeeeeeee!" al de los otros niños corriendo al recreo.

Shante salió al patio donde nos encontrábamos para jugar y ahí le enseñé a Salomé. Al verla puso unos ojos grandotes: "¡Déjame cargarla!", dijo, y al dársela la abrazó fuertemente y no quiso soltarla. Le movía pies y manos hasta que se la pedí, pero me la dio con mucho trabajo. Salomé observaba con sus ojos color miel, Shante con sus grandes ojos queme recordaban a mi gato cuando pedía leche en las mañanas. Le dije que jugaríamos con Salomé en la casa y Shante la besó cuando la campana sonó de nuevo. Tuvimos que entrar al salón.

Salomé tenía una canción que le hice un día que llovió fuerte. Shante se la llevaba al salir de la escuela y más tarde la regresaba a mi casa. Mamá dice que todo tiene que compartirse con los pobres o con quienes tienen menos que uno y por lo menos tenemos casa, salud y sustento. "¡Y juguetes!", agregaba yo encogiéndome de hombros. De cada viaje de mi abuelo recibíamos ropa y regalos de diferentes lugares; todo era para nosotros y no conocíamos -decía mi abuela- la frialdad de un orfanato y éramos gordos. Shante era delgadita, morena como chocolate, de cabello muy rizado y largo. No tenía apellidos y no los tendría hasta que la adoptaran, si es que alguien lo hacía. No es que fuera mala, según mi tía es difícil adoptar a alguien que no sabes de dónde viene y según mi mamá no hay muchas personas con dinero para hacerlo.

Mi abuela decía: "¡Jesús María, pobre niña!, préstale tus cosas..." Por eso le prestaba a Salomé, pero ¿a quién le gusta prestar su juguete favorito?

IV

Nosotras seguíamos jugando en el cuarto oscuro de mi tía, donde guardaba mantones de Manila y rebozos de Santa María que nos quedaban muy bien y eran tan suaves como la cama del Sultán que tenía encerrada en la Torre de Cristal a la muchacha más bonita de los cuentos. Pasaron muchas tardes entre las puertas de la casa, de aldabas y techos altos, con flores de papel que se hacían para vender y una amistad que, aun no lo sospechaba, duraría poco.

Shante llevó una noche a Salomé a dormir con ella. La guardaba de la vigilancia de la directora del orfelinato, quien decía que nadie debía tener "objetos mundanos": discos, pinturas, juguetes y no sé cuántas cosas más. Yo no entendía eso, pero Shante me platicaba de su dios Jehová que no se llamaba como Dios, y decía que todos deben desprenderse de las riquezas para ir al cielo. Esa misma noche la señorita que la custodiaba se llevó a Salomé a la dirección. Shante lloró, suplicando que se la devolvieran porque no era suya. De nada sirvió.

Al día siguiente tuvo que contarme lo sucedido. Yo no lloré, me enojé con ella y le eché la culpa: "¡Si no te la hubieras llevado la tendría aquí!", le dije. Me miró con sus ojos de gato y corrió hacia el salón, no la miré más. Al llegar a casa le conté lo sucedido a Mamá, y ella, acariciándomela cabeza dijo que iríamos al orfelinato esa misma tarde.

Orfelinato suena a tristeza. Nunca pude imaginarme que existieran niñas solas, pues era tan bueno ver una familia completa, con sus cuentos, sus comidas preferidas, sus paseos, que no cabía en mi cabeza que alguien no supiera qué había sido de sus padres. ¿Qué era un orfelinato para mí? Un misterio que pronto descubriría porque nunca había visitado a Shante. ¡Aunque no esperaba un palacio mágico con cortinas de colores!

Al llegar pasamos a la dirección después de caminar por pasillos oscuros. Una vez ahí me senté en una butaca de madera donde mis pies colgaban, miré a mi mamá y ella me tranquilizó, luego observé las paredes grises de aquel lugar. La directora usaba una blusa de moño color crema con un vestido azul, se veía tan seca como una ciruela pasa. Se me figuró una santa de esas que les llaman beatas y que abundaban en las iglesias.

Mamá hablaba con la directora para que nos devolviera la muñeca.

-Es de mi hija, piense que son cosas de niños.

-No sé de qué me habla, respondió cortante. Mamá se impacientaba y hasta le cambió la voz, como cuando decía mi nombre completo y yo corría hacia ella porque estaba muy enojada. Después dijeron más cosas que no pude entender porque sentí que me miraban. A través de un cristal de la puerta la vi...

Iba a decirlo cuando Mamá me levantó en brazos y me sacó de ahí. ¿Y Salomé?

"No te preocupes -dijo-, te conseguiremos otra..." ¿Para qué quiero otra si tengo a la única? Hecha un mar de lágrimas, como dice mi abuela, llegué a casa y ya nunca más quise ver a Shante. A los pocos días, unos parientes lejanos se la llevaron del orfelinato.

V

Muchas veces he pensado que Salomé jamás estuvo sentada sobre aquel escritorio que olía a creolina y santos guardados. Prefería creer en una Salomé que se cansó de ser muñeca y se fue a vivir con otros niños, escapándose del armario en el que la había guardado.

Shante me contó alguna vez de los demás niños que comían la misma sopa triste del orfelinato, los catres limpios con olor a bolitas de naftalina y un baño muy grande para todos. No podía creer que Salomé aún estuviera ahí, perdida en tantos pasillos oscuros, de paredes peladas... Con las vacaciones mi vida cambió y hasta nos mudamos a otra colonia.

Es increíble: se pueden mirar las cosas que han pasado como gajos de naranja, se puede volar como los deseos y alejarse del hogar. Hoy, en vacaciones, cuando hace sol y menos calor, tuve la ocurrencia de pedir a mi abuela que me consintiera, que me dijera "te quiero" con la comida. Hizo merengues con cierto sabor a limón. Al probarlos pude remontarme hasta aquella hilera de árboles del traspatio de la escuela, y recordé a Shante, a Salomé y a todas las muñecas negras que me compré después. Todo fue grato y doloroso a la vez. Recordé a la última muñeca, la que no tenía rostro y le pinté unos ojos grandotes, tan grandes y tan tristes como los de mi gato cuando me pedía leche y -comprendo ahora- los de Shante. Lloré a borbotones.

Mi abuela preguntó: "¿Qué tienes, por qué lloras?" Y le respondí: "¡Ay, abuela, nunca voy a encontrar otros merengues tan ricos como los tuyos!".

* Actriz egresada de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana y cantante e instrumentista del grupo de son jarocho Hikuri.