Transición, ¿hacia dónde? Fausto Fernández Ponte
Transición, ¿hacia dónde?
Por Fausto Fernández Ponte
El tránsito de un estado de cosas a otro, de una fase a otra, de una situación dada a otra situación dada y de un lugar en el tiempo y en el espacio a otro lugar en el tiempo y en el espacio es lo que conocemos como transición.
Sin embargo, no todo tránsito —es decir, no toda transición— es un proceso apacible, expedito, sin accidentes ni ocurrencias. Tampoco es un proceso hacia adelante evolutivo y revolutivo sino que también pudiere ser, como es, hacia atrás, ínvolutivo.
No todas las transiciones son, pues, pacíficas; las hay violentas en gradación variopinta —desde la moderada hasta la violenta en extremo— y en intensidad tan diversa que va de lo gradual y paulatino, como dándole tiempo al tiempo, hasta la antítesis, lo rápido, acelerado, como en vorágine.
La transición mexicana acusa, a nuestro ver, todas esas peculiaridades. Por ello los mexicanos no sabemos hacia dónde vamos, cuál es el derrotero y cuál el destino final de esta transición.
Transición, pues, ¿hacia dónde?.
Nuestra transición es a ratos tan lenta que resulta inadvertida; en otras ocasiones marcha con prisas tales que parece una revolución.
Asi, nuestra transición tiene extremos que suelen tocarse. Junto a los preconizadores de la paz, los proponentes de la guerra; junto a la tranquilidad, la intranquilidad. Violencia y no violencia.
Estas peculiaridades de nuestra transición pudieren inducirnos a suponer que no estamos realmente inmersos en un proceso de tránsito hacia algún lado, hacia atrás o hacia adelante, sino detenidos en el gran océano del tiempo de las leyes del desarrollo político y social, movidos, quizá, a la deriva, por corrientes cuya existencia ni siquiera imaginamos.
En efecto.
Los síntomas describirían otra patología, una que nos haría sospechar que estamos sufriendo otro tipo de transición, la de la vida hacia la muerte, para luego volver a renacer.
Cierto.
Lo que solemos describir como transición mexicana pudiere ser, por sus síntomas, otro estado, el del rigor mortis.
Sin embargo...
La historia de México no es ajena a un imperativo que nuestras culturas indígenas guardan con celo tal que el etnocentrismo de los mestizos —ladinos, se les dice apropiadamente— y de los criollos que gobiernan y explotan este país simplemente no comprenden.
Ese imperativo es el de que lo único definitivo de la vida es la muerte y que, no obstante que morir es cesar como ser viviente, la muerte paradójicamente engendra vida.
Ese es, según esa perspectiva, la naturaleza de la transición mexicana.
Y es que desde esos prismas de la lógica dialéctica —la del griego Heráclito, la de Quetzalcoátl y Kukulkán, la de Tlacaelel, la de Karl Marx y Federico Engels, la de Lenín— nuestro país, México, parece estar, desde luego, vivo; pero las formas de organización económica, política, social e inclusive cultural están clínicamente en deceso.
Sigamos ese hilo dialéctico y, así, en vena tal dígase que el registro que tenemos de este proceso que los mexicanos pomposamente llamamos transición pudiere no ser objetivo.
No hay tal transición en el sentido que nuestra cultura política registra, comprende e interpreta el vocablo; lo que hay es la muerte del cuerpo autoritario, injusto, inicuo, inequitativo, desigual, antidemocrático, opresivo y opresor.
La transición es precisamente esa: el tránsito de la vida a la muerte y de ésta a aquella, perennemente, en un círculo sin fin. La vida es transición hacia la muerte. La muerte es transición hacia la vida. Lo dicen las leyes invariables —pero no inmutables, pues nada lo es— del movimiento.
Todo cambia, decía Engels, menos el principio del cambio. Todo sufre mutación, menos la mutación misma, proclamaba Freud. La materia jamás desaparece, sólo cambia de forma; a eso se le llama transición.
Esa es la definición de la transición mexicana. Estamos en agonía, sufriendo dolores intensos, en ruta inexorable a la muerte que, inexorablemente también, marcha hacia la vida.
Estamos muriendo para volver a nacer. De hecho, ya estamos naciendo. Políticamente. Y en términos de conciencia.
Está naciendo una nueva conciencia política. Un nuevo animal político, diríase.
¿Cómo seremos?
Ya lo estamos viendo. Esta revista, la que dirige el amigo Raymundo, es un indicador de ello.


















