Salvador Santoyo Ramírez

La Gobernabilidad en Veracruz

Salvador Santoyo Ramírez

Entiendo que el interés que nos reúne aquí, en torno a la gobernabilidad en Veracruz, radica en la distribución de fuerzas político – electorales que las elecciones del 5 de septiembre nos han develado, que es definitiva (en el sentido de no preliminar o provisional) e independiente de la resolución del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en torno a la gubernatura y la distribución final de las diputaciones locales de representación proporcional.

Lo primero que han confirmado las elecciones pasadas es que Veracruz es una entidad plural, muy distinta a aquella de tiempos pasados (no tan pasados) en que el PRI era un partido hegemónico primero y dominante después, tiempos en los que el autoritarismo era la moneda de cambio y en los que la Legislatura se manejaba desde el Palacio de Gobierno; tiempos en los que el sometimiento, por el mayoriteo o la compra de votos legislativos, era el trato corriente para la oposición en un poder supuestamente independiente.

La pluralidad actual es algo evidente, algo que no creo que alguien pudiera atreverse a cuestionar. Sin embargo, ¿todos la entenderemos de manera igual, o unos de una manera y otros de otra?, ¿la aceptaremos de manera similar, o unos de buen grado y otros de mal grado? Por lo que se ha visto en otros casos, los problemas aparecen conforme se plantea la cuestión de cuáles son las implicaciones, las responsabilidades y los retos que plantea la pluralidad, así como también las oportunidades que ésta brinda en materia de creatividad y acción política.

La pluralidad que emergió a nivel nacional en 1997, que los mexicanos confirmamos en 2000 y 2003 sirve para ilustrar el hecho de que la clase política en general y particularmente los partidos, no estaban preparados para recibirla, han sido incapaces de prepararse para digerirla y parece no importarles entender su significado y las responsabilidades que esa pluralidad les confiere. Sobre la pluralidad y sus resultados, del caso mexicano a nivel nacional podemos encontrar abundantes ejemplos; solo que casi todos son negativos, de lo que no hay que hacer: Si quisiéramos saber de ejemplos positivos, de ejemplos a seguir, sería mejor buscarlos en otro lado.

Uno de los temas de estas importantes reuniones lleva por título Qué es la gobernabilidad democrática. Aunque me parece atinado el tema, creo que también hubiera sido pertinente incluir el relativo a Qué es la gobernabilidad en la pluralidad, ya que la pluralidad en Veracruz es un hecho incontrovertible, en tanto que la democracia en Veracruz es algo que en algunos aspectos se da y en otros visiblemente es más una aspiración que una realidad. Esta ocasión me es propicia para proponer a este valioso foro considerar un encuentro para deliberar sobre la democracia en la Entidad.

Entrando en el tema de la gobernabilidad en Veracruz, quisiera yo preguntar a los aquí presentes quiénes derramarían alguna lagrima por la gobernabilidad que se está yendo. Esa del control unipersonal de los tres poderes; la del sí señor, lo que usted ordene; señor; la gobernabilidad que permitía legislar desde el Palacio de Gobierno y hacer aprobar leyes cuasimodescas que a las primeras de cambio exhibían sus deformidades, como la relativa a la Constitución reformada en 2000 que, se dice, se logró aprobar por la vía de las persuasiones monetarias, y como la disposición legislativa que sustituyó a un Código Electoral defectuoso de por sí, que trasluce en forma impúdica la incompetencia de sus autores.

Diría yo que en buena hora esa gobernabilidad se va (aunque deje damnificados), si tuviera la esperanza de que será sustituida por una gobernabilidad mejor. Lamentablemente, las expectativas de un cambio en sentido positivo son escasas o, dicho de otra manera, parece que la actual no es una buena hora para el cambio. A pesar de esto, bienvenido sea el cambio como bienvenido es un hijo que llega a una familia que no se encuentra en la mejor de las situaciones posibles. Si echamos una mirada a la Historia, encontraremos muchos casos, los más, en que los cambios no tuvieron la amabilidad de esperar a que las condiciones fueran propicias para ocurrir.

La gobernabilidad que se avecina me parece que será más difícil que la pasada y la de ahora: sin embargo, atajo inmediatamente el falso razonamiento y la inferencia inválida de que conviene volver atrás; esto, subrayo, en nada nos puede llevar a concluir que los tiempos pasados fueron mejores. Lo que sucede, además, es que la gobernabilidad en la democracia es más difícil y compleja que en un régimen autoritario, y lo es más aún que en una tiranía o dictadura. ¿O acaso no era más fácil y simple la gobernabilidad que imponían los Somoza, Trujillo, Duvalier, etcétera, que la gobernabilidad de las oligarquías peruana o colombiana del siglo pasado?

Pero, ¿de qué gobernabilidad debemos hablar ahora en Veracruz? ¿Será de la gobernabilidad obtenida por medio de instrumentos ocultables como el dinero, o de la gobernabilidad conseguida a través de negociaciones, de cara a la ciudadanía en las que Veracruz gane en primer lugar? Es preciso en todo momento tener presente el qué, el cómo y el para qué de la gobernabilidad que se quiera construir en el Estado. No hacerlo puede conducir tempranamente a extravíos, si no es que a regresiones indeseables.

Ahora bien. En primer lugar visualizo el que, por un lado, los involucrados en el asunto se encontrarán con las dificultades y complejidades intrínsecas a la nueva gobernabilidad del Veracruz plural que emerge. Pero eso no es todo. Por si eso fuera poco, a ello habría que agregarle algo que aparece amenazante: ese algo es el conjunto de las capacidades e incapacidades de los actores políticos para lidiar y enfrentar el reto de la nueva gobernabilidad. A este respecto, tengo la convicción de que atrás de estas capacidades e incapacidades se encuentran los valores, las actitudes y los comportamientos que se traducen en las conductas políticas que vemos cotidianamente. También, por supuesto, están los intereses individuales, de grupo y de partido de los involucrados.

A mi juicio, uno de los mayores obstáculos del momento es la mentalidad con que llegan al encuentro de la nueva gobernabilidad los nuevos gobernantes y quienes formarán parte de la oposición. Esa mentalidad es una mentalidad autoritaria, que además es la que prevalece en la inmensa mayoría de los mexicanos. Presente en nuestras vidas desde nuestros primeros años y a lo largo de nuestra vida, el autoritarismo fácilmente nos lleva a tratar de imponerle a los demás nuestros puntos de vista sin discusión ni apelación que valga, simplemente porque solo es lo que nosotros decimos que es.

En la incertidumbre de si el elenco político, con la infaltable parvada de extras, toma el camino de los actores del nivel nacional y nos receta la película Cómo hacer con la pluralidad un pantano, versión Veracruz, o se decide a buscar una gobernabilidad que permita al Estado y el Gobierno cumplir con las funciones que las Constituciones (la federal y la estatal) les asignan, me parece que, en el segundo caso, la nueva gobernabilidad debe ser construida tabique a tabique. Y decir esto significa que es imprescindible entrar a la negociación entre las fuerzas políticas para construirla con la participación paciente de todas estas, hasta las que subsisten solo para el medro de unos cuantos individuos.

Alguien podría decir que soy un soñador al pensar en que la segunda posibilidad pudiera concretarse, y que eso es una utopía en este momento y en las actuales condiciones. Bueno, en cierta forma estaría en lo cierto. Sin embargo, el tamaño de la utopía determina el tamaño de la necesidad; es decir, el reto es emprender una labor para la cual aparentemente no están capacitados los nuevos gobernantes ni los partidos políticos, pero que intrínsecamente no es irreal porque el ser humano ha dado pruebas de mayores proezas, en el campo de la política y en el campo de la ciencia.

Un ejemplo de lo que afirmo lo encontramos en el caso de Chile, cuando los partidos Socialista y Demócrata Cristiano hicieron a un lado sus abismales diferencias para echar del poder a Pinochet en el ya histórico plebiscito de octubre de 1988, y luego triunfar en la elección presidencial de 1989 con la coalición llamada Concertación, cerrándole el paso a la derecha pinochetista. Este caso es digno de estudio por cuanto que muestra cómo unas diferencias insalvables se vuelven salvables, y se salvan. Muestra también el valor, la trascendencia y los frutos que ofrece un pacto cuando este se respeta.

El Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano hicieron un pacto para intentar lo que Pinochet firmemente creía que no era posible: sacarlo del poder. Respetaron el pacto y lograron ganar la elección presidencial en 1989 con Patricio Alwyn; respetaron el pacto y ganaron la elección presidencial en 1995 con Eduardo Frei Ruiz-Tagle; respetaron el pacto y ganaron la elección presidencial en 1999 –2000 con Ricardo Lagos. He aquí, pues, un ejemplo de lo que se puede hacer con un pacto bien elaborado y respetado por las partes.

En México, ciertamente, no tenemos buena fama de pactadores porque muchos de los pactos se conciben para violarlos en beneficio propio, y obviamente en traición y perjuicio del aliado. No obstante la tradición y la mala fama, ahí están las alianzas y los pactos para lo que puedan servir y pueden servir mucho en los momentos actuales. Solo que en el caso que nos ocupa, se requeriría trabajar en especial sobre los objetivos y las garantías de cumplimiento de todas las partes. La desconfianza mutua, bien fundada, así lo exigiría. Esto en el caso de que se quiera construir una gobernabilidad pactada para emprender lo urgente, que es sacar del vergonzoso atraso a Veracruz, acrecentar significativamente las oportunidades de empleo y mejorar el nivel de vida de la población.

Porque si los nuevos gobernantes prefieren imponer una gobernabilidad a la vieja usanza, a golpes de sobornos, a punta de caballazos a la oposición, pues allá ellos. Es posible que pudieran lograr imponerla, si la ciudadanía lo tolerase; pero también es posible que lo único que lograran fuera convulsionar aún más al Estado, desestabilizarlo y desatar una lucha incruenta pero no por eso menos dañina para la Entidad. Con esto quiero dejar sentado que existe una responsabilidad enorme en quienes gobernarán a Veracruz, así como también en quienes serán la oposición en la Entidad. Ahí están los laureles o la ignominia para que elijan los que han buscado la responsabilidad política en la hora actual.